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Cuando una persona decide ingresar al servicio docente lo hace desde su historia particular, llena de experiencias personales y compartidas con otros, con un conjunto de conocimientos e ideas respecto a lo que implica esta labor, y con la gran convicción de contar con la capacidad de generar aprendizajes significativos en sus estudiantes.

La recuperación y reconstrucción de los conocimientos previos, la identificación de las fortalezas y debilidades, el aprendizaje a partir de los errores, contribuyen a mejorar las prácticas educativas, por ello, el apoyo de otros colegas más experimentados y, en algunos casos incluso la retroalimentación de los estudiantes, se convierten en potenciales fuentes para la reflexión sobre el propio desempeño y permiten avanzar hacia la mejora continua.

Aún en la contingencia, visualizar la tarea educativa como una labor de equipo y de acompañamiento a las nuevas figuras educativas, es una buena manera de conservar el entusiasmo, la esperanza y el compromiso con los docentes y directivos noveles que se incorporan a sus nuevas tareas.

Ser profesional de la educación implica la posibilidad de transitar por un complejo entramado de condiciones institucionales y contextuales que inciden en la práctica de una función educativa, que es dinámica y compleja y, a la vez, está llena de momentos brillantes para acompañar a niñas, niños, jóvenes y adolescentes a aprender y descubrir el mundo aún en la distancia.

 

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