Espiral de indagacion

La contingencia sanitaria ha impulsado la reflexión sobre el compromiso cívico público de los educadores para contribuir a construir una sociedad mejor.

En este marco, necesitamos resignificar sentidos y preguntarnos: ¿qué es una escuela?, ¿qué hace que una escuela sea escuela?

Si bien la escuela es una institución de enseñanza y aprendizaje, un encuentro de artefactos y tecnologías, desde el cuaderno hasta la computadora, es también un espacio de encuentro y de construcción de lo común, no sólo entendido como encuentro de mentes, sino de presencia del otro: sujetos y miradas. La escuela es un espacio de socialización que permite salir del entorno inmediato familiar y abrirse al mundo.

“La pantalla no es escuela”, ni un conjunto de aulas. Sus muros permeables contactan la comunidad, transformándola en un centro de lo público, lo común, donde caben desde la fiesta cívica hasta al baile popular.

La materialidad de la escuela incluye espacios, tecnologías e interacciones; el confinamiento produjo desconexiones que intentaron subsanarse con la “pedagogía del WhatsApp”, dispositivo generalizado, con sus alcances y limitaciones, que permitió la selección de contenidos y la expresión de solidaridades, como tomar acuerdos para enviar mensajes o tareas.

 

La tarea escolar como centro, como producto terminado, y evidencia de aprendizaje, desde antes de la contingencia, lleva a pensar cómo recuperar los procesos de trabajo. También a preguntarse por la autonomía, proceso que requiere la disposición pedagógica del docente. La construcción de autonomía por ellos mismos evidencia la necesidad de una red de apoyo, no siempre disponible.

La clave: producir presencia, entendida como estar en el mundo, revelar conocimiento (Gumbrecht).

  • ¿Cómo hacer que la escuela sea un encuentro de cuerpos, mentes, y artefactos, para el aprendizaje?

 

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